El honor de ser padre durante unos meses

Una pareja de Oiartzun ha acogido ya a cinco niños de forma urgente, como ha ocurrido con el bebé que fue recogido de un contenedor

A veces la manada pide ayuda a sus miembros. Uno de los suyos, el más pequeño, el más indefenso, necesita comida y calor de forma inmediata. Algunos de ellos considerarán un honor poder hacerse cargo de la emergencia y participar en la educación de ese componente desvalido aunque luego pertenezca a otra familia y sea ésta la que disfrute de todos los avances logrados con el pequeño.

Ha ocurrido cuando la pequeña Ane apareció en un contenedor de basura de San Sebastián la semana pasada. La manada se estremeció de incredulidad y de pena, pero tuvo suerte porque había unos padres esperándola que ya disfrutan de su compañía y que son felices, seguro, de tenerla cerca.

Es también el caso de Ignacio Martínez y Gabriela Michel, los ‘patriarcas’ de una gran familia de Oiartzun formada que ha llegado a tener hasta nueve niños a su cargo -ahora tiene cinco-. Su miembro más pequeño tiene tres años, es un niño de pelo rizado y procedencia árabe con una sonrisa que le llena la cara al que llaman con el nombre de un personaje de cine, aunque a él como le gusta que le llamen de verdad es «cariño».

Ni su nombre ni su cara pueden hacerse públicos, pero sí cuentan que llegó a la casa de esta familia a finales de agosto para un acogimiento de urgencia y que estará con ellos solo hasta que se encuentre otro hogar de acogida más definitivo porque, en principio, no parece que la vuelta al entorno biológico sea posible. Aunque vea a su mami y a sus hermanos cuando lo establece el régimen foral de vistas. «Va muy contento a los encuentros», dice Gabriela, que no es mami pero sí ama o mamá, según le apetezca al pequeño. Como Ignacio es Nacho o papá, y el resto de la chiquillería es llamada por su nombre de pila o el apelativo general de tatas. Con Leila, la perra, lo tiene claro. Para jugar con ella y recibir lametones no hacen falta muchos nombres.

Cristina y Tamara son sus hermanas mayores, de 22 y 23 años, y de etnia gitana. Tamara lleva la música en el cuerpo y es objeto de bromas de las dos pequeñas de la casa, esta vez de procedencia china, Jun, de quince años y Lipei, de trece.

Así es la familia

Las cuatro son hijas adoptadas de la pareja, las dos mayores después de un proceso de acogida ordinario cuando tenían cuatro y seis años que acabó con una adopción. «Las cuatro se adoran» cuenta su madre junto a la chimenea del salón en el que bulle la vida con el camión del pequeño, el ordenador que consulta Jun, la música de Tamara o con la pequeña Lipei, siempre cerca del niño, «como si fuera su psicóloga», ríen Ignacio y Gabriela.

Ellas participaron en la decisión de sus padres de formar parte de esa red de acogida urgente que, en palabras de Ignacio, toda manada necesita. Desde entonces, además de este pequeño que ahora vive con ellos, han pasado ya otros cuatro niños que conviven ya con otras familias. El primero fue un chico recién nacido con el que pasaron las lógicas noches en vela y al que arrancaron las primeras sonrisas.

La separación del bebé, lo reconocen, fue durísima y necesitaron ayuda psicológica ofrecida por la propia Diputación para asumirla, pero niegan que ese duelo deba ser un impedimento para acoger a estos niños. «Sabemos que el miedo a ese dolor es lo que hace que muchas familias no participen en este programa y no vamos a engañarnos, la pena va en el lote, pero… ¿tú sabes lo que es sacar a un chaval adelante? Si estos niños son lo mejor de nuestro currículum vital, nuestros proyectos a ochenta años en los que colaboramos durante sus primeros años de vida, para muchos expertos los más importantes. Puede más la parte positiva de sacar a un niño adelante que la pena que te da que deje de vivir contigo. No te impiden saber de él, ni estar en contacto con sus nuevos padres. Hoy mismo me ha llegado una foto por wasap del primero y está guapísimo». Lo que no pueden hacer es verse con los pequeños, porque no sería aconsejable para ninguna de las partes.

«No es de un día para otro»

El ambiente familiar de este hogar hace pensar en qué sentirá su pequeño huésped cuando tenga que dejar la casa, él que es tan besucón con Ignacio y con Gabriela, que está tan encariñado con la perra Leila y tan amoldado a sus cuatro hermanas que le miman.

En la gran carta a los Reyes Magos que tienen en la casa, Tamara ha escrito entre sus deseos que el pequeño encuentre una buena familia… «Los niños no se van de casa de un día para otro. Hay primero un periodo de adaptación, un plan de transición que cumples a rajatabla porque intentas relajarte y piensas que hay expertos y que ellos saben lo que hay que hacer.

Así que empiezas a quedar con los nuevos padres, vienen a tu casa, tú vas a la suya. Primero el crío comparte unas horas, luego se queda con ellos un fin de semana. Haces planes, te conviertes en un grupo del que tú, poco a poco, vas desapareciendo, las cosas se normalizan y se va a la otra casa. ¡Claro que el primer día que les ve es probable que diga ‘no guta’, pero nuestra experiencia es buena y esperamos que ocurra lo mismo con este pequeño».

Después de la marcha del primer niño, de su estreno como padres de acogida urgente, llegó una recién nacida y después otra. Ambas tuvieron cólicos, con lo que las noches de Gabriela no fueron ninguna maravilla. «Es verdad, reconozco me daba un poco de rabia, porque se fueron cuando ya dormían de un tirón, te lanzaban besos… Pero es el modelo que has admitido en tu vida, has colaborado para que hayan llegado hasta ahí y has evitado que su futuro fuera tan negro como parecía. Y eso te llena de orgullo».

Un niño de dos años que ya vive con otra familia y este pequeño de tres que vive ahora con ellos completan esta extensa familia. Pese a sus sonrisas que contagian incluso a la perra, a las fotos de los cuatro niños que ya no están con ellos, advierten también que cuanto más mayores sean los críos, lo normal es que planteen más problemas. Vamos, que resulta más difícil vivir el estado enrabietado y sin límites con el que llegó ese «Cariño» que juega a su pies con un peluche que una mala noche de un bebé. Incluso cuando se ha vivido la guerra de Bosnia en Sarajevo como parte de una productora audiovisual como es el caso de Gabriela.

«Lo primero que hizo cuando fuimos a recogerlo fue pegarme», cuenta Ignacio. Después le tiró las gafas y en un establecimiento de bricolaje se dedicó a tirar todas las estanterías y pegar a los niños que veía. «Fueron tres semanas complicadas porque no le podíamos llevar ningún sitio. Nadie le había puesto nunca límites, no tenía ninguna tolerancia al fracaso, estaba asalvajado. Fuimos poco a poco y lo tratamos de hacer con humor», ríen.

Gabriela y sus hijas idearon una pequeña trampa para cuando el crío llegaba a casa, cogía una casqueta y se tiraba al suelo para lanzar sus zapatos a cualquier parte. «En cuanto le veíamos que iba a empezar a montarla, le quitábamos nosotras los zapatos. Le dio tanta rabia que no volvió a hacerlo más». «Quiero agua, mamá. Lipei no me da», ronronea mimoso agarrado a su madre. Un tono que nada tiene que ver con aquella tarde en la que le llegaron a contar 63 monótonas peticiones de «quiero galletas».

La pareja dice que ha podido experimentar paternidad y maternidad de formas distintas. Ella asegura que lleva a los nueve niños en el corazón, aunque sus hijas solo sean cuatro y que la experiencia, pese a sus dificultades, les ha enriquecido a ellos y a las propias niñas. Él, que es el que utiliza a menudo el concepto de manada para definir a la sociedad, siente como un honor «que tu sociedad te considere apto para educar a quienes van a formar parte del futuro».

Recuerdan, además, que durante siglos y aún ahora en otras culturas, es habitual ocuparse de los niños mientras sus padres están enfermos o tienen que marcharse por la razón que sea. «El compromiso, además, ni es eterno, ni permanente. Hemos podido tener a un niño seis meses y después estar otros seis sin ninguno, salvo nuestras propias hijas, para poder cargar pilas o ir de vacaciones. Que es una ventaja».

La chiquillería se avalancha sobre el sofá, teniendo cuidado de no tocar la manta de La Guerra de las Galaxias. «Si es que somos unos frikis de la saga, ¿eh, Laila?» ríe Gabriela.

Fuente: Diario Vasco