LA UNIÓN DE LOS ESPOSOS Y LA TRANSMISIÓN DE LA VIDA.

1. El cuerpo nos desvela que en la unión sexual están indisolublemente unidos la unión personal del hombre y la mujer y la generación de personas (unión y procreación).

Entender el cuerpo como expresión de la persona, de alguien único e irrepetible, libre y responsable, nos ha ayudado a comprender la sexualidad como un lenguaje, como una capacidad de la persona para comunicarse, y para expresar el amor, la elección de entregarse a otro, que es único e irrepetible también, con sinceridad, por completo, para siempre. Y ese lenguaje corporal que es la sexualidad  lleva unida la capacidad de engendrar a una nueva vida, a otro ser humano. Esta capacidad es una promesa: cada unión conyugal “en una sóla carne” puede  o no dar lugar a una nueva vida; ésta será siempre un regalo, un don que se nos hace y al que estamos llamados a acoger; y una tarea, pues supone una entrega y un trabajo a realizar. El valor de la vida humana, de una persona, es tan grande, que merece y necesita la entrega de los padres, tiempo, esfuerzo, el momento y las circunstancias mejores.

2. Conocer la fertilidad: entrar en diálogo con el cuerpo.

Hoy conocemos perfectamente que una persona se inicia en el momento en que un espermatozoide -la célula germinal masculina- y un óvulo – la célula germinal femenina- se unen,  dando lugar a un zigoto, con todas las características y potencialidades de persona humana. Es sólo cuestión de tiempo y de que se den las circunstancias favorables para que se desarrolle y crezca. Esa primera célula, el óvulo fecundado, es ya el cuerpo de una persona, de alguien que es el hijo de sus padres: aunque todavía no le hayamos puesto nombre, ¡ya tiene apellidos!.

La fertilidad es cosa de los dos ¡evidente!…, como evidente es que la sexualidad es también cosa de los dos. Conocer la propia fertilidad es el primer paso para acogerla como algo positivo, para integrarla, cuidarla, valorarla… y no para tratarla como una enfermedad; o vivirla como si fuera un peligro o una maldición.

Conocer y respetar mi cuerpo… es autoestima: conocer y respetar tu cuerpo… es estimarte y quererte a ti, porque tu cuerpo es expresión de ti como persona. Y quererte a ti es quererte a todo tu ser, incluyendo a tu fertilidad.

Conocer mi cuerpo hace que me admire ante la sabiduría de la naturaleza, ante lo bien que estamos hechos, a descubrir el sentido del por qué y el para qué hemos sido creados así, y no de otra manera.

3. La fertilidad humana: un misterio y una promesa que se nos desvela y nos fascina; una tarea a descubrir y realizar.

 Los varones-si no hay alteraciones que lo impidan- son siempre potencialmente fértiles, ya que ponen espermatozoides en cada unión genital. Los espermatozoides pueden sobrevivir dentro del cuerpo de la mujer no más de cinco días. Sin embargo, el óvulo sólo es capaz de sobrevivir 24 horas. El cuerpo de la mujer se “prepara” para acoger a los espermatozoides mientras madura el óvulo y prepara la “incubadora” en el útero; después de la ovulación, mantiene la incubadora un tiempo preestablecido por el “reloj” biológico del ovario -aproximadamente 14 días-. Si no hay fecundación, la “incubadora” se desprende –el endometrio- y se empieza a preparar otro. Si hay fecundación, es el mismo embrión quien le dice al ovario que mantenga la incubadora nueve meses… hasta que él sea mínimamente capaz de valerse, con ayuda siempre de sus padres, pero ya fuera del cuerpo de su madre.

Hoy en día, una mujer puede aprender a reconocer cuándo va a ovular y cuándo ha ovulado (es decir, cuándo es fértil y cuando es infértil) a través de varios signos (moco cervical, temperatura basal, cuello cervical, cálculo modificado…) de manera precisa y eficaz, con ayuda de un monitor preparado, que le enseñe a diagnosticar correctamente estos periodos.

4. Engendrar un hijo: el diálogo de amor y en el amor que se hace fecundo. Procreación responsable.

Engendrar no es sólo hacerlo biológicamente: engendrar es, ante todo, amar. Engendrar es acoger a una persona como un regalo y como una tarea. Es educar,  esto es, enseñar a amar amando… Por ello,  el mismo hecho de engendrar pide que sea personal: realizado por personas, desde la libertad y la responsabilidad, y con amor, en un amor capaz de acoger a otro: el amor tiene nombre de persona.

Los esposos, dialogan con su cuerpo y a través de su cuerpo, como personas, con todo su ser, sin reservarse nada, integrando los ritmos de la sexualidad, del amor y de la fertilidad, desde la libertad y la responsabilidad. En este diálogo, la relación conyugal tendrá días de “noviazgo” y “días de luna de miel”. Este diálogo sobre la fecundidad entre los esposos les abre a comprenderla y vivirla como amor pleno, de mutuo acuerdo, no como un desfogue egoísta en el que buscan a sí mismos.

Al vivir los días de “continencia” como días en los que se renuncia –siempre de mutuo acuerdo-  al bien de la unión conyugal y de la fecundidad “entregándolo” por un valor mucho mayor –la salud, el bien de los otros hijos, etc-  se descubre y se valora el bien que es cada unión sexual en su doble dimensión, y ayuda a entender que sólo por causas serias y graves merece la pena entregarla.  También se aprende, a través de la ternura,  a hacer del “silencio de la genitalidad” una forma de expresar el afecto, a que sea también un acto conyugal.

Se va descubriendo, en ese camino, día a día, que el amor conyugal es difusivo, abierto, generoso, expansivo, que nos da la vida a nosotros como esposos, pues el otro es la vida del cónyuge, y que la procreación es una forma preciosa y peculiar de vivirlo. Sólo vosotros, en vuestro diálogo personal, único, irrepetible y siempre de mutuo acuerdo, acogiéndoos el uno al otro, sois quienes tomáis las decisiones, viviendo cada acto “a tres”,  esto es, abiertos y en diálogo agradecido y amoroso con Aquel que es la fuente de toda paternidad y maternidad. Él es Quien os ha encomendado esta tarea, este don, como un talento. Él es Quien os irá descubriendo qué os da y qué os pide (a través de su Palabra, del Magisterio, del acompañamiento, de la oración, de las circunstancias de la vida, etc). A la vez que entendéis que “estar abiertos a la vida” no significa que cada unión tenga que seguirse, necesariamente, de una concepción.

La regulación natural de la fertilidad es una apuesta, una inversión de futuro, que abre campos insospechados a aquellos que viven de esta forma. Más que una técnica diagnóstica, o un método para buscar o postponer un embarazo, es un estilo de vida. Un camino para vivir la sexualidad como lenguaje del amor verdadero, de la entrega mutua…. Claro que requiere esfuerzo,  como toda comunicación necesita de tiempo, paciencia, acogida, escucha, reconciliación, capacidad de sufrir, de autodominio, de autoposesión, respeto mutuo ¡pero con un sentido!. Supone una determinación, una decisión. Por sus frutos les conoceréis: los frutos del encuentro, de la comunión interpersonal.

¿Por qué tratamos en ocasiones a  nuestra fertilidad como si de una enfermedad se tratara? ¿Es nuestra fertilidad una promesa de bendición o la experientamos como una maldición? ¿De qué depende: sólo de las circunstancias externas, o también de la actitud de la que partimos: egoísmo o generosidad?

¿Acaso  tenemos miedo de nuestra fertilidad por que la desconocemos? ¿Qué deseos y temores tenéis con respecto a vuestra fecundidad?

Conocer los días fértiles e infértiles;  poder y saber prescindir de una relación sexual por amor expresándolo con ternura;  recurrir a los días infecundos; vivir la procreación de forma consciente en los días fecundos; todo ello es  un camino que, día a día, fomenta la ternura y el afecto,  y nos ayudará a ser más libres de verdad (cfr CEC 2370; HV 16).

Fuente: Subcomisión para la familia y Defensa de la Vida. CEAS. CEE. La familia, santuario de la vida y esperanza de la sociedad (Instrucción Pastoral. Materiales de trabajo. Ed. Edice , Madrid 2002. Pg 170-173