80 años de amor: el matrimonio más longevo de España

Pascuala y José nacieron en 1915. Entre los dos suman 200 años y más de la mitad de ellos los han pasado juntos. ¿Cuál es su secreto? «Cásate muy enamorada y no discutas nunca»

«Nunca nos ha faltado una perra y el amor es el que nos ha dado

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la felicidad», dice José Iranzo, mientra su esposa le da un beso.

A él le cuesta andar, se mueve con ayuda de un «tacatá» y su garganta no le permite entonar aquellas jotas que le hicieron famoso. Tiene

cien años, pero su mirada brillante sigue siendo joven. Sobre todo cuando «su Pascuala» está cerca. Ella también supera el siglo. «En junio cumpliré 101», puntualiza con orgullo. Se mueve con una agilidad excepcional para su edad. No se separa de su marido. «Llevamos muuuuchos años juntos…». José intenta calcular cuántos. «76, padre, se casaron hace 76 años». Su hija Pascuala le ayuda con la suma. Son el matrimonio más longevo de España o así lo recoge Emilio Ibáñez, corresponsal en nuestro país del Grupo de Investigación Gerontológica (GRG).

Ellos son los amantes de Teruel o por lo menos así lo creen sus vecinos de Andorra, un pueblo turolense que nada tiene que ver con el que fuera un paraíso fiscal. Ellos no tienen millones guardados en los bancos, pero «nunca nos ha faltado una perra y el amor es el que nos ha dado la felicidad», dice José Iranzo, mientra su esposa le da un beso. Hoy vuelven a celebrar un San Valentín más.

Las ovejas y la jota cambiaron la vida de un niño que, con sólo tres años se quedó huérfano de padre y sin sus dos hermanos. En 1918 la gripe se los llevó. Una familia de pastores se hizo cargo de él. El monte y las ovejas se convirtieron en su segunda casa. ¿Quién le enseñó a cantar? Le cuesta oír la pregunta. El oído t

ambién le falla, pero la cabeza no. «Se acuerda de todo, de sus cien años de vida», cuenta su hija. Elevamos la voz y responde sin dudar: «Tuve unos amos muy buenos a los que les gustaba mucho cantar y así empecé yo», pero hasta que entró en la mili no empezó a tomar clases de canto. Era autodidacta.

«Era analfabeto y no sabía bailar. Ella me enseñó», relata apreta

ndo la mano de su mujer. «Al principio era muy patoso, me pisaba todo el rato», pero a ella no le importaba. Estaba enamorada. Les gusta enseñar las fotos de los años 30, cuando se conocieron. «Ella era la más guapa del pueblo, pero yo, con la nariz que tengo, nunca me imaginé que me haría caso». ¿Cómo le pidió que fuera su novia? Sonríe con picardía. «Nunca lo hice –responde–, sólo le pregunté si podía acompañarla a casa y como me dijo que sí, di por hecho que ya éramos novios. Vi que me quería». Ella no le desdice. Le escucha atenta. A José le encanta recordar anécdotas de los primeros meses de su relación: «Cuando íbamos a bailar, mis amigos me preguntaban: ‘‘¿Esa es tu novia?’.’ No se creían que una mujer tan guap

a estuviera conmigo». Y juntos llevan casi 80 años.

La Guerra Civil interrumpió su noviazgo, pero cuando José volvió a su pueblo no perdieron ni un segundo y se casaron. Eso sí, de negro, como marcaban las tradiciones del momento. «Mire la foto, a que ella era guapísima», insiste José, mientras Pascuala vuelve a reir. «Hija, –dice apretando el brazo de la redactora– lo importante es casarse muy enamorado». Añade: «Y no discutir». ¿Nunca han discutido? Él dice que no, pero Pascuala discrepa, aunque poco: «Sólo le regañaba cuando se iba con los amigos a tomar algo a los bares. Siempre volvía con la camisa manchada». Vuelve a reir.

Al regresar a casa tras la guerra José creía que volvería al monte con sus ovejas, a cantarles sus jotas, pero su fama empezó a crecer. Se estrenó en el Teatro Principal de Zaragoza y la ovación fue atronadora. «No dejaban de llamarme para ir a actuar a teatros y bares de toda España». Hasta que llegó su gran oportunidad. A mediados de los años 40 se fue durante varios meses a recorrer varias capitales europeas (Londres y París, entre otras) para dar a conoc

er su arte. En su memoria siguen grabadas cada una de sus actuaciones: «En Düsseldorf se pusieron todos en pie». ¿Comprendían sus canciones los alemanes? «En esos años ya había muchos españoles viviendo en Alemania y les hacía llorar. Les recordaba su hogar».

Europa pronto se le quedaría pequeño y le ofrecieron cruzar el charco. «Estuve tres meses en México y tres en Nueva York», pero la Gran Manzana no le gustó. «Vive mucha gente y su ritmo no me gusta», aunque para que los norteamericanos también disfrutaran de la jota, «me escribieron varias frases para que cantara en inglés». Aún las recuerda: «In Spain, people is very nice. ¿Lo entiendes?». Pero fue su estancia en Cuba lo que más le gustó. Tanto, que muchos años después se llevaría a su esposa, a la que tuvo que dejar d

urante largas temporadas en Andorra, al cuidado de las ovejas y de sus dos hijos.

«Se quedaba con sus hermanos y sabía que iba a estar bien cuidada, pero lo pasaba mal». Se entristece. Durante esos meses el matrimonio sólo hablaba por carta. «Cuando estaba en La Habana, un empresario me ofreció alargar mi estancia. Sabía que iba a ganar más dinero que en España y le dije que me dejara pensármelo». Ese mismo día recibió una carta de Pascuala, «me decía que me echaba de menos y que los niños tenían muchas ganas de verme. Cuando me di cuenta la hoja estaba empapada. Me había puesto a llorar», recuerda. Y añade mirando a su esposa cincuenta años después: «Sin ella no so

y nadie. Ahora estoy más enamorado que cuando la conocí». Y rechazó la oferta del empresario cubano.

Los viajes del Pastor de Andorra, como le conocen en el mundo artístico, le alejaban durante varios meses de casa, pero cuando volvía… «eran fuegos artificiales», dice él. «Los niños se le echaban encima y nos traía un montón de regalos», recuerda su esposa. Y es que José, a pesar de haber conocido a personajes

tan importantes de la historia como Robert Kennedy o a los reyes de Dinamarca tiene claro que «donde mejor estaba era en casa».También actuó para el rey Hassan de Marruecos, «que estaba rodeado de mujeres y nos invitó a comer, pero estaba mucho más a gusto con los míos». Sólo en una ocasión José rechazó un viaje. Era a México y «mi mujer me dijo que no fuera». Tenían mucho lío con las ovejas y necesi

taban dos manos más.

¿Cuál es su secreto? «Tienes que vivir sin rabias ni disgustos porque cuando te enfadas la sangre se te pone a bolos». ¿A bolos? Su hija se ríe. «Quiere decir que te hace enfermar». A Pascuala no la conoce ningún médico. Nunca ha ido a uno. «¿Para qué?», pregunta ella. José ha perdido su movilidad y los últimos años los ha empezado a frecuentar, pero hasta los 90 su mejor medicina eran sus paseos por el monte. «Llevamos cien años juntos y sin disgustos», dice su esposa mientras enseña una foto de su bisnieto, Aitor, de un año.

José le insiste a la redactora: «Si quieres, es fácil vivir bien. No tengas enemigos y no discutas con tu marido. Los más importante es la familia y viajar mucho».

Escrito por : Jesús G. Feria. Febrero 2016