El matrimonio en el Magisterio de la Iglesia

La dignidad del matrimonio y de la familia se halla oscurecida hoy día por el concubinato, el divorcio y otras deformaciones; además, con frecuencia el amor conyugal es profanado por el egoísmo y el hedonismo, cosa que se manifiesta por ejemplo en la anticoncepción, la esterilización y el aborto. Por lo tanto la Iglesia, a la par que denuncia en forma profética todo lo que se opone al plan de Dios en esta materia, anuncia sin cesar la Buena Noticia del matrimonio y la familia según la doctrina cristiana, para iluminar y fortalecer a los cristianos y a todos los hombres que se esfuerzan por defender y promover el valor del matrimonio y de la familia (cf. Concilio Vaticano II, Constitución pastoral Gaudium et spes sobre la Iglesia en el mundo actual, n. 47).

En este capítulo presentaremos sintéticamente la doctrina católica sobre el matrimonio.

1. Datos fundamentales de la antropología cristiana

Dios ha creado al varón y a la mujer con igual dignidad personal y ha inscrito en ellos la vocación al amor y a la comunión.

«Desde el principio [el hombre y la mujer] aparecen como “unidad de los dos”, y esto significa la superación de la soledad original, en la que el hombre no encontraba “una ayuda que fuese semejante a él” (Gn 2,20). […] Ciertamente se trata de la compañera de la vida con la que el hombre se puede unir, como esposa, llegando a ser con ella “una sola carne”’ y abandonando por esto a “su padre y a su madre” (cf. Gn 2,24).» (Juan Pablo II, carta apostólica Mulieris dignitatem sobre la dignidad y la vocación de la mujer, n. 6).

El cuerpo humano es la expresión del espíritu y está llamado a existir en la comunión de las personas a imagen de Dios. Este cuerpo, marcado por el sello de la masculinidad o la femineidad, tiene un carácter nupcial; es capaz de expresar el amor con que la persona humana se hace don, verificando así el sentido profundo del propio ser. Corresponde a cada persona humana aceptar la propia identidad sexual.

El hombre y la mujer son llamados a existir no sólo uno junto al otro, sino también el uno para el otro. Así expresan su semejanza con la comunión de amor que existe entre las Personas de la Santísima Trinidad. El matrimonio es la dimensión primera y, en cierto sentido, fundamental (pero no única) de esta llamada. Toda la historia del hombre sobre la tierra se realiza en el ámbito de esta llamada. Basándose en el principio del ser recíproco para el otro en la comunión interpersonal, se desarrolla en esta historia la integración en la humanidad misma, querida por Dios, de lo masculino y lo femenino (cf. Congregación para la Doctrina de la Fe, Carta a los Obispos de la Iglesia Católica sobre la colaboración del hombre y la mujer en la Iglesia y el mundo, n. 6).

De la revelación bíblica emerge la verdad sobre el carácter personal del ser humano. El ser humano -hombre o mujer- es persona; en efecto, ambos han sido creados a imagen y semejanza del Dios personal. La igual dignidad del hombre y la mujer se realiza como complementariedad física, psicológica y ontológica, dando lugar a una armónica «uni-dualidad» relacional.

La diferencia de los sexos es una realidad profundamente inscrita en el ser del hombre y la mujer, orientada a la comunión entre ambos. La sexualidad caracteriza al hombre y a la mujer en los planos físico, psicológico y espiritual, con su impronta consiguiente en todas sus manifestaciones. No puede ser reducida a un puro e insignificante dato biológico, sino que es un elemento básico de la personalidad; un modo propio de ser, de manifestarse, de comunicarse con los otros, de sentir, expresar y vivir el amor humano. Esta capacidad de amar, reflejo e imagen de Dios Amor, halla una de sus expresiones en el carácter esponsal del cuerpo.

El ser humano, en su unidad de cuerpo y alma, está por naturaleza orientado a la relación con el otro. Esta relación se presenta siempre a la vez como buena y alterada. Es buena por su bondad originaria, declarada por Dios desde el primer momento de la creación; es también alterada por la desarmonía entre Dios y la humanidad, surgida con el pecado. Tal alteración no corresponde, sin embargo, ni al proyecto inicial de Dios sobre el hombre y la mujer, ni a la verdad sobre la relación de los sexos. Por lo tanto, esta relación, buena pero herida, necesita ser sanada (cf. Congregación para la Doctrina de la Fe, o.c., n. 8).

La sexualidad está ordenada al amor conyugal. El acto conyugal tiene un doble significado: de unión (la mutua donación de los cónyuges) y de procreación (la apertura a la transmisión de la vida). Los dos significados del acto conyugal (unitivo y procreador) son indisociables (cf. Pablo VI, encíclica Humanae vitae, n. 12). Nadie puede romper la conexión inseparable que Dios ha querido entre estos dos significados, excluyendo de la relación sexual uno u otro.

2. Matrimonio natural y sacramental. Dignidad del matrimonio

El Matrimonio es un sacramento al servicio de la comunión y de la misión, un sacramento de la fecundidad cristiana. Confiere una gracia especial para una misión particular al servicio de la construcción de la Iglesia y contribuye especialmente a la comunión eclesial y a la santificación y salvación de los esposos y de otras personas. Es necesario para perpetuar la familia cristiana dentro de la Iglesia, al mismo tiempo que perpetúa la familia humana.

“Dios, que es amor y creó al hombre por amor, lo ha llamado a amar. Creando al hombre y a la mujer, los ha llamado en el Matrimonio a una íntima comunión de vida y amor entre ellos, «de manera que ya no son dos, sino una sola carne». Al bendecirlos, Dios les dijo: «Creced y multiplicaos».” (Compendio del Catecismo de la Iglesia Católica, n. 337).

El matrimonio es una comunidad íntima y estable de vida y de amor entre un hombre y una mujer, una alianza de toda la vida entre ambos, ordenada por su propia naturaleza al bien y la comunión de los cónyuges, y a la procreación y educación de los hijos (cf. Gaudium et Spes, n. 48; Código de Derecho Canónico, c. 1055,1). La unión matrimonial es una institución natural: fue fundada por el Creador y fue dotada por Él de leyes propias, de bienes y fines varios (cf. Génesis 1-2). En el caso del pacto conyugal entre bautizados, el matrimonio natural ha sido elevado por Nuestro Señor Jesucristo a la dignidad de sacramento, como signo e instrumento sobrenatural del amor fecundo y la unión indisoluble entre Cristo y la Iglesia. Mediante la mutua entrega y aceptación de los novios se establece entre ellos en forma irrevocable el vínculo matrimonial y se les confiere la gracia propia de un sacramento específico, gracia destinada a la santificación por el amor mutuo y a la capacitación para desempeñar los deberes propios del matrimonio. Jesús enseña que, según el designio original divino, la unión matrimonial es indisoluble: «Lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre» (Mateo 19,6). El matrimonio sacramental da su pleno sentido al matrimonio natural, asumiendo y perfeccionando el amor natural de los esposos y convirtiéndolo en fuente de gracias divinas (cf. Efesios 5,25.32).

“La comunión primera es la que se instaura y se desarrolla entre los cónyuges; en virtud del pacto de amor conyugal, el hombre y la mujer «no son ya dos, sino una sola carne» y están llamados a crecer continuamente en su comunión a través de la fidelidad cotidiana a la promesa matrimonial de la recíproca donación total.

Esta comunión conyugal hunde sus raíces en el complemento natural que existe entre el hombre y la mujer y se alimenta mediante la voluntad personal de los esposos de compartir todo su proyecto de vida, lo que tienen y lo que son; por esto tal comunión es el fruto y el signo de una exigencia profundamente humana. Pero, en Cristo Señor, Dios asume esta exigencia humana, la confirma, la purifica y la eleva conduciéndola a perfección con el sacramento del matrimonio: el Espíritu Santo infundido en la celebración sacramental ofrece a los esposos cristianos el don de una comunión nueva de amor, que es imagen viva y real de la singularísima unidad que hace de la Iglesia el indivisible Cuerpo místico del Señor Jesús.

El don del Espíritu Santo es mandamiento de vida para los esposos cristianos y al mismo tiempo impulso estimulante, a fin de que cada día progresen hacia una unión cada vez más rica entre ellos, a todos los niveles -del cuerpo, del carácter, del corazón, de la inteligencia y voluntad, del alma-, revelando así a la Iglesia y al mundo la nueva comunión de amor, donada por la gracia de Cristo.” (Juan Pablo II, exhortación apostólica postsinodal Familiaris consortio sobre la misión de la familia cristiana en el mundo actual, n. 19).

La familia cristiana está fundada en el sacramento del matrimonio entre un varón y una mujer, signo del amor de Dios por la humanidad, y de la entrega de Cristo por su esposa, la Iglesia. Desde esta alianza de amor se despliegan la paternidad y la maternidad, la filiación y la fraternidad, y el compromiso de los dos por una sociedad mejor.” (V Conferencia General del Episcopado Latinoamericano y del Caribe, Documento de Aparecida, n. 433).

El matrimonio cristiano es un sacramento de la unión de Cristo con la Iglesia. Se trata de una vocación personal, no de una obligación para todos. Dios llama a algunas personas a seguir a Jesucristo por el camino del celibato. Estas personas renuncian al gran bien del matrimonio para ocuparse exclusivamente de las cosas del Señor. Son un signo de la primacía del amor de Dios y de la trascendencia de la esperanza cristiana.

Tanto en la Edad Antigua como en la Edad Media el Magisterio de la Iglesia defendió la dignidad, la santidad y la licitud del matrimonio contra la doctrina de diversas sectas de tendencia gnóstica o maniquea, las cuales, debido a su filosofía dualista, despreciaban la materia y consideraban al matrimonio y a la procreación como algo malo. Estas tendencias pueden apreciarse ya en el propio Nuevo Testamento: San Pablo condena como enseñanzas diabólicas las de aquellos que prohíben el matrimonio (cf. 1 Timoteo 4,1-3).

Los reformadores protestantes negaron la sacramentalidad y el valor religioso del matrimonio. De ahí que, según ellos, la jurisdicción sobre las causas matrimoniales pertenezca al Estado y no a la Iglesia. También sostuvieron la licitud del divorcio, aunque no hubo acuerdo entre ellos acerca de las causas que permiten la disolución del matrimonio. Contra estas doctrinas protestantes, el Magisterio de la Iglesia defendió la sacramentalidad del matrimonio, la identificación del contrato matrimonial con el sacramento del matrimonio, la competencia de la Iglesia sobre las causas matrimoniales, la unidad e indisolubilidad del matrimonio, etc. Por ser una realidad natural y sobrenatural a la vez, el matrimonio debe ser regulado por el Estado y por la Iglesia.

Daniel Iglesias Grèzes