Carta para quien busca a Jesús

¿Quién es ese Jesús del que tanto habláis? ¿Por qué buscas a un personaje de hace 2000 años? ¿Qué es lo que buscas en Él? Quiero una respuesta adulta. No puede ser que tantas personas estén equivocadas… que vivan en esta locura cuando todo está dicho en nuestro mundo y nuestra historia.

Querido amigo/a:

No tengo respuestas para todas tus dudas, debes hacer tú el camino de tu vida y descubrir lo que tienes en tu corazón, pero sí puedo darte una pequeña palabra razonable de quien es el centro del cristianismo, Jesús.

Jesús era un hombre. Un hombre, al parecer, extraordinario. Por su personalidad arrolladora, su manera de vivir desafiante, siempre se nos presenta a los cristianos como un reto nuevo. En todas las épocas ha sido un modelo a imitar por muchos/as. Su proyecto de vida nos invita a vivir una humanidad perfecta, una manera de ser libre ante los convencionalismos sociales y las modas, para encontrarse con uno mismo/a, sentirse realizado/a y dueño de si mismo/a; en definitiva para ser realmente feliz. Para vivir en la verdad no teórica sino práctica de ser coherente de ser enteramente uno/a; que cuando me señalen sepan quién soy yo.

Jesús también era un hombre profundamente religioso. Alguien que descubrió que el verdadero proyecto de Dios era llevar al mundo la justicia y la solidaridad. El proclama el Reino de Dios. Un proyecto arriesgado, peligroso, difícil, ambicioso, alguno diría utópico… pero no imposible. Un proyecto, un mensaje religioso, político, qué mas da… que nace del corazón; ése que se enciende cuando sufre con quien sufre y es explotado. Al lado de los débiles, de los enfermos, de los marginados, de los pobres, de los últimos de los últimos de quién nadie defiende… solo Dios. Jesús abandera la causa de Dios.

Esa personalidad excelente podría haberse quedado en uno más de la historia, como tantos que así lo fueron: Gandhi, Martin Luther King, el Che… pero no, también era Dios. Algo que sólo afirmamos los cristianos, los que creemos en Él. Los que cuando nos juntamos en la iglesia empezamos llamándole en su nombre, no en el nombre de Gandhi, ni del presidente del gobierno, ni en el de la 18 Internacional; en el nombre del Padre, del hijo y del Espíritu. Pero no es un Dios que está arriba, lejano, o en el altar con el cura de turno. Es un Dios que reconocemos su rostro. Sí, le conocemos y Él nos conoce por nuestro nombre. Es un Dios que si fuese una patata y empezaríamos a pelarla no acabaríamos las capas de humanidad y empezarían entonces las capas de divinidad. Acabaríamos la patata y sólo tendríamos un hombre. Pero “era tan hombre, tan hombre… que solo podía ser Dios”. Y esto quiere decir muchas cosas. Que su proyecto no está en las nubes, sino “encarnado” en nuestra historia, en nuestra sociedad, en nosotros/as, que responde a nuestras expectativas, a nuestros proyectos para ser felices, para vivir en paz.

Pero Jesús de Nazaret murió en una cruz, asesinado. Era una ejecución de Estado. Una muerte política. Ya se lo veía venir. Cómo no, demasiado provocador. Porque, entre otras cosas, como profeta que era, denunció el poder político; ése que oprimía a la masa social, que lo marginaba y empobrecía, que se aprovechaba de él y luego lo encarcelaba o lo ejecutaba para mantener su estatus. Porque denunció también la religión opresora. La que estaba al lado del poder político, la que le hacía el juego y era cómplice de las injusticias. La que acribillaba al pueblo con “esto es pecado, lo otro también… si no cumples nuestras reglas irás al infierno, o bien te dejamos desde ahora mismo en un infierno de exclusión social. Los que hablaban en nombre de Dios ¿o era en nombre de ellos mismos? no me acuerdo. También le mataron porque denunció al pueblo pasivo, al que miraba para otro lado con su insolidaridad; esto no va conmigo, cada uno que se busque las “castañas” donde pueda, porque hacía sonrojarse a los que consentían, permitían, es decir, participaban por omisión de las injusticias.

Pero los cristianos decimos que resucitó, sí aleluya, resucitó. Uf, menos mal. Si no hubiese sido así estaríamos haciendo el tonto aquí y ahora como diría san Pablo. Pero qué significa que Jesús resucito. Significa en primer lugar que Dios le dio la razón sobre cómo debíamos de vivir. Dios le confirmó como su verdadero hijo. Como el verdadero rostro de Dios. Y que si somos sus hermanos/as, toda la humanidad es una gran familia. Significa también que vive, y que como él también nosotros resucitaremos. Que todo no se acaba con la muerte. La muerte está destruida por Dios. El Dios de los vivos, el Dios que nos garantiza restaurar otra vez el paraíso que perdieron Adán y Eva. Vivir sin dolor, sin sufrimiento ni enfermedades, sin trabajar, felices y en armonía con la naturaleza. Porque sí, el cristiano/a cree en todo esto y más… que, a pesar de toda la historia negra de dolor, de muerte y destrucción, todo acabará bien, como en Hollywood. Y toda la humanidad, y toda la tierra será reganada por el Rey indiscutible de la Creación, el verdadero Señor y amo de universo, Dios.

Pero si vive, ¿dónde está? ¿dónde podemos encontrarle para disfrutar de todo esto? Si quieres encontrarlo estará en los seres humanos, sobre todo con los marginados, solidario con la cruz de los que sufren, con los drogadictos, los que tienen S.I.D.A, con el 80% de la humanidad que sólo dispone del 20% de los recursos mundiales, eso que llamamos 3° mundo o Sur. ¡Cuidado! Ellos son los favoritos de Dios. Estarás muy atrás sentado en la mesa del Reino. No lo busques en los estómagos grasientos de Europa. Aquí no está la salvación, ni en las montañas del Tibet aisladas del mundo real.

Amigo, no estás solo. También te ayudarán a encontrarle los Evangelios y la comunidad cristiana, la iglesia, la parroquia, los grupos de fe… Ellos son los que prosiguen su causa. Y Dios está con ellos/as. No te olvides de tener en tu mesilla de noche, aunque llegues al final del día cansado/a del trabajo, los evangelios. Él nos habla a través de su Palabra, la que da sentido a todo esto, la que nos anima a seguir y nos devuelve el Espíritu: el nuestro de luchadores contracorriente y el de Dios, ese gran desconocido pero siempre amigo de la humanidad.