Una pareja de jóvenes que acostumbraban a buscar sus arrullos en las soledades de un jardín, fueron a pedir consejo al jardinero por considerarlo hombre bueno y sabio y le dijeron:

Muy pronto vamos a unir nuestras vidas en matrimonio, y te agradeceríamos que nos dijeses como debemos cuidar nuestro amor para que no se marchite con el tiempo.

No hay nadie sabio y bueno –respondió el jardinero con una sonrisa, pero, ya que me pedís consejo, os diré lo que la vida tuvo a bien mostrarme, a veces con golpes duros, a veces con una caricia.

E invitándoles a sentarse en el césped les dijo:

Ved que vuestro amor no sea como el del muerdago hacia el roble, que hunde las raíces en su tronco para chupar su savia y su fuerza.

Que no sea como el de la aliaga con el retoño de pino, que crece y lo envuelve hasta asfixiarlo entre sus espinas.

Buscad, mas bien, que vuestro amor sea como el de los árboles.

Cada uno abrazando la tierra con sus propias raíces, elevándose al sol de la mañana con los brazos extendidos al cielo, dando gracias por cada nuevo amanecer.

Y llevad cuidado en asentar vuestras raíces a suficiente distancia, no sea que la fuerza de las ramas de uno haga huir a las ramas del otro torciendo su tronco e impidiéndole buscar las nubes.

Velad, pues, por mantener en cada momento la distancia justa, para  que la tierra humedezca sobradamente vuestras raíces y el viento pueda limpiar de hojas secas vuestras ramas. Para que podáis hacer una copa amplia y robusta que dé sombra al caminante y nido a los pájaros del cielo.

Y así, cuando crezcáis y hayáis esparcido vuestras semillas al viento, las puntas de vuestras ramas se tocarán en las alturas, para que bailéis con regocijo al son de la danza de la vida.