La vocación al matrimonio
El matrimonio, ¿es una mera posibilidad para el hombre o es una
llamada o vocación divina? He aquí una pregunta que late en el relato
genesíaco y en algunos textos neo testamentarios que hemos citado.
a) El relato genesíaco nos habla de la creación del hombre como
varón y mujer, nos dice que no es bueno que el hombre esté solo, nos
narra la creación de Eva como un don a Adán y éste, en espíritu pro-
fético, afirma que, por haber sido creada Eva de la carne y huesos del
varón -de una costilla–, los varones dejarán padre y madre y se
unirán a sus mujeres. Y, sobre todo, hay otros dos relatos decisivos:
por un lado, Eva, la mujer, es creada como esposa, o sea, destinada
a ser esposa -lo que supone que el varón ha sido creado como ma-
rido, esto es, destinado a ser marido-; y, por otro lado, junto a la
bendición del dominio y del trabajo, aparece la bendición del «creced
y multiplicaos».
Todo ello pone de manifiesto que la distinción sexual y la corres-
pondiente tendencia al matrimonio no se ofrece como mera posibili-
dad, sino como ley natural. Del mismo modo que la bendición del
trabajo es una ley natural, un deber del hombre; así, el matrimonio es
ley natural y deber. En este sentido, hay que hablar de una vocación
o llamada al matrimonio.
Es cierto que esa llamada es general al conjunto del género huma-
no, de manera que no obliga singularmente a todo varón y a toda mu-
jer 52. Más todavía, el varón puede realizarse plenamente como persona-
varón sin contraer matrimonio, al igual que puede la mujer realizarse
plenamente como persona-mujer sin contraerlo 53. Se trata, sin em-
bargo, de un punto que sobrepasa el objeto específico de este trabajo.
Para la finalidad que perseguimos, nos basta dejar constancia de que,
de acuerdo con la sola ley natural, es regla común que los hombres y
las mujeres contraigan matrimonio, siendo el estado matrimonial la ley
general -aunque no universal- y el estado común, de modo que el
celibato perpetuo es un estado excepcional (no anormal, pero sí excep-
cional).
En todo caso, la virginidad, entendida como un estado de vida, no

ya permitido, sino ofrecido como modo distinto y paralelo al matrimonio, no existe en el estado de la humanidad presidido por la sola ley

natural. Antes de la Nueva Ley, el estado que Dios ofrece es el matri-
monio, porque «no es bueno que el hombre esté solo». Por eso, el
celibato está permitido pero no es ofrecido. Se entiende así, en el ám-
bito anterior a la Nueva Ley, la postura de la hija de Jefté: «’Hazme
esta gracia: Déjame que por dos meses vaya con mis compañeras por
los montes, llorando mi virginidad’. ‘Ve’, le contestó él, y ella se
fue por los montes con sus compañeras y lloró por dos meses su vir-
ginidad. Pasados los dos meses volvió a su casa y él cumplió en ella
el voto que había hecho. No había conocido varón» 54.
Esta posición del matrimonio y de la virginidad recibe ciertos fac-
tores nuevos con la Ley Evangélica. Para entender la novedad que
introduce la lex gratiae es preciso recordar, desde el primer momento,
que la gracia «no destruye la naturaleza sino que la perfecciona». Se
trata, pues, de una novedad que resulta de la perfección que el hombre
recibe por la gracia. Los pasajes más significativos del Nuevo Testa-
mento han sido aludidos antes. Son: Mt 19, 11-12 Y 1 Cor 7,1; 7,
7-9; 7, 25-40. También Mt 19,29 y Apc 14, 1_5
Tradicionalmente se ha entendido Mt 19,12 en el sentido de ins-
taurar la continencia propter Regnum caelorum como un estado de
vida propio del cristiano. El sentido del texto como invitación a la
perpetua abstención de mujer -el texto se refiere obviamente a los
varones, pero la invitación se establece igualmente para las muje-
res- es claro y contundente: hacerse eunuco supone una elección
perpetua e irreversible, como perpetuo e irreversible es el eunuquismo
de nacimiento o por arte humano. Es, pues, un estado de vida, de suyo
tan perpetuo como el matrimonio, en relación con el cual habla Jesu-
cristo: el matrimonio permanece hasta la muerte; del mismo modo;
con el cristianismo hay quienes se hacen eunucos hasta la muerte.
Si es infiel quien -en el matrimonio– se separa de su mujer y
se une con otra, es igualmente infiel quien, después de elegir la conti-
nencia como estado de vida, vuelve la mirada atrás. Las palabras de
Cristo se cierran con una invitación al estado de celibato: «Quien sea
capaz de entender, que entienda». A ello se une la promesa de un me-
jorpremio: «Todo el que haya dejado casa, hermanos o hermanas,
padre o madre, mujer o hijos, o campos por causa de mi nombre; re-
cibirá el ciento por uno y heredará la vida eterna». Se promete el
ciento por uno que es el máximo fruto que se promete a quien acoge
la palabra de Dios: «el treinta, el sesenta, el ciento por uno» 56. Esta
promesa no se une al matrimonio, por 10 que con claridad se muestra
que, para el cristiano, es superior el estado de continencia que el del
matrimonio 57.
La proclamación de la continencia como estado ofrecido positiva-

mente por Cristo en la Nueva Ley, supone una perfección y eleva

miento de la naturaleza humana, ya que según la sola naturaleza «no
es bueno que el hombre esté solo» (bien entendido que este solo no
se refiere a toda la socialidad humana, sino a la compañía del otro
sexo, formando varón y mujer una sola carne). Si no hubiese tal per-
feccionamiento, en el caso del que se hace eunuco propter Regnum
caelorum, la continencia no podría ser un estado de vida ofrecido por
la Nueva Ley, ni mucho menos sería ese estado más perfecto que el
matrimonial.
Esta novedad, en el caso de la continencia propter Regnum caelo-
rum, no sería posible si, por vía de gracia, no se supliese la soledad
mediante una compañía mejor que la persona de otro sexo. ¿Cuál es
esa compañía? Evidentemente, es el mismo Cristo. Ya hemos dicho
antes que el Génesis, al narrar la institución del matrimonio, no mues-
tra solamente el hecho de que Adán estaba solo, sino que se sentía
solo. Esta vaciedad de la soledad es falta de comunicación con otro
por el amor. Aquí está el punto clave. La soledad, como estado aními-
co que describe el Génesis, es falta de comunicación amorosa, de diá-
logo de amor; por eso, el matrimonio se funda en el amor. En la
continencia propter Regnum caelorum, el amor de una criatura es
sustituido por el amor de Dios mismo. El amor virginal o continente
es una forma superior de amor nupcial, en el que el amor al varón o a
la mujer es sustituido por el amor a Cristo. No ha de extrañar esto,
porque si algo muestran las Sagradas Escrituras, como un lema insis-
tentemente repetido, es que la unión entre Dios e Israel, entre Cristo
y su Iglesia, entre Dios y cada alma, es amor nupcial. Más todavía,
Eph 5,22-32 muestra que el amor conyugal es la imagen del amor en-
tre Cristo y su Iglesia. Eso quiere decir que el amor virginal o conti-
nente sustituye la imagen por la realidad, el amor nupcial analogado
por el amor nupcial analogante. Luego es claro que el estado virginal
o continente propter Regnum caelorum es superior al matrimonio. A
la vez que se explica así por qué la Nueva Ley introduce la virginidad
como condición de vida para el cristiano; yen qué sentido aparece una
novedad respecto al «non est bonum es se hominem solum». Como ley
natural que es, el «non est bonum esse hominem solum» sigue vigente,
pero ya no conlleva únicamente la compañía o ayuda matrimonial,
sino que se abre en dos posibilidades de amor nupcial: el matrimonio
y la virginidad o continencia.
Por lo demás, la superioridad de la virginidad sobre el matrimo-
nio está claramente expuesta en 1 Cor 7, que es un continuo afirmar
esta verdad.
b) ¿A quiénes se ofrece esa nueva vocación? El texto más signi-

ficativo al respecto es 1 Cor 7, donde San Pablo ofrece y llama a la

continencia a todos: solteros y casados, y esa misma universalidad se
deduce de Mt 19,29. De hecho, esta universalidad la ha vivido la
Iglesia siempre, en el sentido de que hay quienes han elegido desde
su primera juventud la continencia propter Regnum caelorum, hay
quienes la han vivido como viudos, y hay quienes han renunciado a se-
guir viviendo como cónyuges y han abrazado ese estado continente.
Como los hay también que han vivido continentes como casados, siem-
pre, o a partir de cierto momento de su vida, si bien en estos casos la
Iglesia recuerda a estos cónyuges la norma neotestamentaria recogida
en 1 Cor 7,5-6.
Al hablar de universalidad de la vocación, no queremos decir que
todos los cristianos estén llamados a la continencia propter Regnum
caelorumj queremos decir lo que expresamente dice San Pablo: que
cada uno tiene de Dios su propia gracia, éste una, aquél otra; quere-
mos decir, y esto se ve con claridad en 1 Cor 7, que la vocación a la
virginidad no implica necesariamente la creación de un ordo o grupo
especial de cristianos, sino una gracia que se puede recibir y vivir en
cualquier estado o condición. Esa vocación puede ir unida al hecho
de formar parte de un ordo de cristianos o a constituirse en un estado
de vida, peculiar, pero puede vivirse en cualquier estado, y aquellos
cristianos que no se integran en un ordo o en un estado de vida
constituido por la Iglesia, tienen derecho a vivirla -y derecho otor-
gado por Dios, que es quien da esa vocación- en su propio estado.
c) Pero volvamos a la vocación matrimonial. El texto fundamen-
tal al respecto vuelve a ser 1 Cor 7 y, en concreto, los versículos 7 y
17: «Quisiera yo que todos los hombres fuesen como yo; pero cada
uno tiene de Dios su propia gracia: éste, ésta; aquel, otra … Pero
cada uno ande según el Señor le dio y según le llamó». San Pablo
desearía que todos viviesen como él en estado de continencia, pero
reconoce que cada uno tiene de Dios su propia gracia; luego unos
tienen la gracia de la continencia, otros la gracia de vivir conyugal-
mente. En otras palabras, el matrimonio en la Ley Evangélica ya no
es sólo -para el cristiano- una vocación natural, sino una gracia, el
camino que ha de andar el casado según el Señor le dio y según le
llamó. En otras palabras, la Ley Evangélica, al abrir dos posibilidades
de amor nupcial, eleva en su raíz el desarrollo de ese amor y trans-
forma al matrimonio en gracia, en vocación divina. El matrimonio, co-
mo el estado de continencia, son vocación divina igualmente, aunque
es mejor la continencia que el matrimonio.
1 Cor 7 tiene la virtualidad de enseñar con claridad meridiana lo

que ha sido doctrina tradicional de la Iglesia: la virginidad es superior – como estado -al matrimonio, pero en cada caso concretoel

cristiano debe seguir la propia vocación, porque esa es su gracia reci-
bida de Dios, el don divino que se le ofrece como camino de salvación
y santidad, Este texto pone asimismo de relieve que el matrimonio es
vocación divina.
 Texto sacado del artículo José Luis Díaz Ortega titulado «Reflexiones sobre el matrimonio a la luz del Nuevo Testamento» que se puede encontrar completo en Internet.